PASO DE SER POLICÍA DE LAS “BUENAS COSTUMBRES” MENSTRUALES

La única manera que me parece adecuada para empezar este texto es situándome. Hablo como usuaria y ferviente promotora de copas menstruales. Empecé a usarlas hace cuatro años y un piquito y reconozco que me cambió la vida. Puedo asegurar que mi interés por la ginecología autogestiva estuvo muy mediada por el copeo y, sin exagerar, la relación con mi cuerpo es otra desde entonces.

 

Promuevo la copa y sí, también vendo copas. Esto quiere decir que obtengo una “ganancia” periódica por venderlas. Sobre este último punto en particular aclaro: NO vivo de vender copas menstruales y, por lo que he conocido hasta ahora, considero que las únicas personas que podrían vivir de la venta de copas son las fabricantes de copas, y no, no creo que vayan a enriquecerse (ya saben cómo es este cochino modelo económico, la clave radica en la venta regular; hasta ahora no ha probado ser “negocio” en las lógicas del capitalismo el vender una cosa un día, y no vender nada en cinco años). Ahora bien, con todo y que soy copa-lover, también uso compresas de tela y, en estos cuatro años y piquito, también he llegado a utilizar compresas desechables en varias ocasiones.

 

No siempre logro acomodar bien la copa y tengo varias buenas historias: como cuando no la dejé bien acomodada, se me abrió súbitamente en medio de una reunión y fue como recibir un latigazo en la vagina que tuve que (mal) disimular. O cuando la vacié en una casa ajena en la que el sanitario no servía bien y luché alrededor de media hora con el agua roja del inodoro (perdón gente amable de esa familia). Pero también hay muchos (muchos, en serio) días en los que la acomodo perfecto y entra y sale sin dificultad. Con esto creo que queda clara mi relación con las copas.

 

Menciono todo esto porque he leído un par de textos que asumen una postura crítica (incluso en contra) respecto al uso de las copas menstruales. En uno la chica señala, entre otras cosas, que está harta de la “imposición” a usar copas. Básicamente su queja es contra las promotoras, que a su parecer son como secta insidiosa que pretende “someter” a todas las mujeres a usar copa.

 

El otro post, es de una chica blogger que cuenta su experiencia que pasó por: la copa girada, la ropa manchada, la dificultad de lavarla cuando el lavabo está separado del sanitario… en fin, cuestiones relacionadas con el uso que, posiblemente, muchas hemos vivido en alguna ocasión.

 

Lo que me lleva a escribir esto de la policía menstrual, no son los post de las chicas que hablan en contra de las copas (que también tienen lo suyo), sino los comentarios que recibieron por expresar una opinión contraria. Podría decirse que, si esto fuera un estudio serio -que obvio, no lo es- con categorías y esas cosas, las opiniones se dividirían entre:

 

a) las que contrastan el texto con su experiencia de éxito;

b) quienes se valen de la experiencia ajena como justificante de su posición de no utilizarla nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia;
c) las pro copa a toda costa.

 

Confieso que después de leer como 128 comentarios me dio un ataque de pánico, temí que mi discurso pro-copa y resignificación del sangrado menstrual pudiera estar rayando en niveles de locura y fanatismo mal plan, que no deseo preservar.

 

Por esta razón me centro en las opiniones que agrupé en la categoría “c”.Aclaro que mi intención no es molestar, simplemente señalo, en términos generales, lo que me llama la atención de los presupuestos y juicios en los discursos. Digamos que es un ejercicio para distinguir que una cosa es el deseo de compartir lo que supongo y vivo como un beneficio, y otra bien diferente la actitud que raya en la imposición, la prescripción, el juicio y la cuasi persecución, como policía menstrual, sobre quienes no comparten una visión particular.

 

Dicho lo anterior, aquí van los presupuestos:

 

PRIMERO: La suposición de que la mujer que dice que no se acomoda con la copa tiene

 

(necesariamente) algún problema de “aceptación” menstrual.

 

Es cierto que culturalmente hay una serie de construcciones que, a lo largo de la historia, se han empleado para describir y etiquetar el cuerpo femenino, entre ellas se encuentra el tabú menstrual. Que claro que existe y perdura, y aunque no ha faltado quien me ha dicho que “esos temas están superados”, afirmo que sigue presente (discursiva y simbólicamente) la idea del asco, la vergüenza y el cuerpo menstruante como un cuerpo fallido. Pero eso no nos autoriza a suponer que alguien está “desconectada”, o tiene un “trauma menstrual” porque no quiere usar copas.

 

A veces pasa que no estamos informadas, pero no podemos convertirlo en un juicio lógico de: no copea, luego entonces tiene incapacidad para aceptar su período.

 

Esto sucede también con los padecimientos ginecológicos, que en muchos casos se minimizan a explicaciones únicas que podrían resumirse en: te duele, no aceptas tu ciclo, o más raro aún, no aceptas tu “feminidad”.

 

Esto parte del supuesto de que todas las enfermedades surgen de la mente. Y sí, en nuestra experiencia en esto del activismo menstrual hemos visto que hay padecimientos que tienen un origen psicológico o que surgen en períodos de estrés intenso. Pero (siempre hay un pero), también hay que recordar que somos seres bio-psico-socio-ambientales, no sólo nos enferma nuestra cabecita y si recordamos que, como dice la Dra. Carme Valls Llobet, nuestros hábitos de producción y consumo generan ambientes hiperestrogenizados, puede ser que no, que no todo tenga que ver con “aceptaciones” y enfermedades que se curan si te “conectas” y valoras tu sangrado. Quizá puedas experimentar mejoría en algunos malestares, es cierto, pero de ahí a suponer que todo se cura con “aceptar” la menstruación es una simplificación que, además implica asumir una postura violenta en contra de quienes no “han logrado conectarse” y están con algún padecimiento menstrual.

 

SEGUNDO: La suposición de que hay un camino que recorrer.

 

Muchas mujeres (me incluyo aquí) hemos vivido la relación con la copa menstrual como un camino de descubrimientos y, al acercarnos al ciclo menstrual, hemos descubierto el mundo.

 

Pero ese camino no es único, ni lineal, ni tiene una meta universalmente aceptada. Incluso, si conviniéramos que la meta es el “autoconocimiento” (que no lo creo, sólo es un ejemplo), el conocerse a una misma no es un paso a paso, ni una carrera que culmine o que, forzosamente, pase por las copas menstruales. Creo que el proceso de entender y hacer palabra lo que sucede en el cuerpo es un ejercicio vital.

 

Ahora bien, también cabe la posibilidad de que para algunas mujeres la copa sea un tema práctico que resuelve (o no) un evento mensual y ese evento mensual es sólo eso, un acontecimiento entre muchos otros y ya, no hay más, ni caminos, ni dones, ni hallazgos, ni cimas y montañas que recorrer.

 

Los juicios sobre la relación con el cuerpo.

 

Es cierto que a muchas mujeres nos ha significado un gran esfuerzo el aprender a apropiarnos de nuestra vulva/vagina.

 

El autocoñocimiento (así, con “ñ”) no es asignatura prevista en el plan de estudios de la primaria y muchas vivimos muy disociadas de nuestros genitales por buena parte de la vida. Pero no podemos generalizar. Suponer que una mujer que no se puede meter la copa, o que no se siente cómoda con ella, es una mujer que no se toca, o que no se conoce, me parece excesivo. No sabemos si esa mujer que no se encuentra cómoda al copear, es experta usando dildos de medio metro, o si se mete los dedos, la mano entera, qué sé yo. O si no le apetece utilizar su cavidad vaginal.

 

Entonces, si no sabemos, es tremendo opinar sobre el cuerpo o la experiencia de otra, presuponiendo que es ignorante, como si fuera una total analfabeta de su propio cuerpo.


Establecer que la sangre es sagrada para todas, o no será.

 

Hay todo un movimiento de resignificación de la menstruación que considero muy valioso y yo me asumo abiertamente como activista menstrual. Sin embargo, esta resignificación no pasa necesariamente por la idea de que la sangre es sagrada. Esta idea es sólo una posibilidad, entre muchas más que también pueden ser positivas. Personalmente me ha servido muchísimo el entender que no es un “desecho”, que no es “sucia”, a veces riego plantitas con ella y soy muy feliz al hacerlo. Pero no puedo asumir que esos momentos, en los que soy algo parecido a una Blanca nieves ecofeminista en el bosque de las orquídeas susurrantes regadas con menstruación, han de ser iguales para todas.

 

Hay días que la vierto en el sanitario (hereje); días en los que no tengo ganas de menstruar; días que me burlo de mí y de mi versión Blanca nieves menstruante…  en fin, muchos días, muchas versiones de mí misma. Si mi propia historia tiene infinidad de matices, emociones y experiencias, justo es al menos suponer que la experiencia de otra mujer también tenga matices y variaciones, en donde cabe la variable: no considero la sangre menstrual como algo “sagrado”.

 

Prescribir que la resignificación menstrual implica solemnidad, ausencia de dolor y cursilería.

 

Este punto no tiene qué ver con ninguna de las categorías que identifiqué, pero lo traigo atorado en el pecho, así que aquí va. Hace poco recibimos una crítica por compartir una viñeta de humor menstrual en donde los ovarios son puestos como tremendos tiranos que someten a la mujer y a su desfalleciente coño.

 

Personalmente me parece una ilustración hilarante de Ana Belen Rivero (y coño), pero entiendo que en el humor, como en muchos otros temas, los gustos son de lo más variado (y qué bueno). La cuestión es que por publicarla nos acusaron de preservar estereotipos patriarcales y  tabúes menstruales que han dañado a la humanidad por centurias (bueno, esto último no nos lo dijeron, pero todo lo que va antes del daño a la humanidad sí). Sobre esto, sólo quiero decir que es cuestionable (mucho) el querer prescribirle a una mujer de qué se puede reír, o cómo debe nombrar o experimentar su cuerpo o su período.

 

También es un activismo muy raro el que supone que al “conectar” con el ciclo menstrual obtienes como un pase directo que te exime del dolor, la enfermedad y el sufrimiento por todas las reencarnaciones hasta el fin de los tiempos. Aclaro, que reírse de una misma no es lo mismo que burlarse de alguien, o hacerle bullying, asumo que no es necesario abundar en ello porque se entiende la diferencia. Yo suelo menstruar con orgullo y (afortunadamente) casi nunca tengo dolor o incomodidad, pero también me río de mi misma. Me río de cuando no me pude meter la copa la primera vez y pasé tres horas sufriendo; me río de cuando me pongo cursi y solemne; me río de cuando me encabrono por un sangrado inoportuno que se adelanta o se atrasa o llega en un momento en el que la vida me impide parar; me río de cuando regué las plantas y el agua con sangre se salió por las macetas y parecía que alguien había muerto desangrado en la cochera (las cosas de la vida urbana); me río de cuando comentamos en el colectivo todos los hallazgos y observaciones (a veces científicas y sesudas y otras muy guarras) que hacemos sobre nuestra sangre.

 

Hoy tengo la certeza de que quiero pasar de ser policía menstrual, prefiero acompañar, compartir, dialogar, escuchar y, aunque suene copiado (hay dos textos buenísimos que emplean variantes de la siguiente frase), tengo claro que si no me puedo reír de mi sangrado menstrual, no es mi revolución.

 

Marcela Morales Magaña.

 Vulva Sapiens.

 

 VISITA NUESTRA VIDEO-CONFERENCIA

 

Licencia de Creative Commons
PASO DE SER POLICÍA DE LAS BUENAS COSTUMBRES MENSTRUALES by MARCELA MORALES is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://lunacup.mx/cultura-menstrual/paso-de-ser-policia-de-las-buenas-costumbres-menstruales.